El reloj, el vino y el cuarto de ropas.

María no quería hacerse a mi lado pero tocó, piensa Andrés preocupado pero callado, sabe que María y él nunca han sido compatibles y que éste puede ser el fin de lo que había planeado como la mejor reunión de todos los tiempos con sus viejos amigos del colegio. Y aunque estudiaron juntos por 10 años nunca hubo entre ellos mayor expresión de cariño que un «hola Perez «y un «adiós Perez».

Sin embargo Andrés no odiaba a María, le parecía que como dice su abuela, «Nadie es monedita de oro» y en este caso en particular el viejo adagio se cumplía a la perfección, es por esta razón que Andrés era prudente al entablar comunicación con la hermosa María con el fin de no causar incomodidades, ya que Andrés es uno de los tipos que piensa que uno no debe molestar a los demás.

La reunión seguía su curso normal, la gente recordaba sin parar los viejos buenos momentos escolares repletos de aventuras que causan risa a aquellos que fueron parte de la historia y aburre intensamente a los invitados ajenos al gran grupo de amigos. 

Los tragos no se hacían esperar y había de todos los tipos, mezclar no ha sido una idea que a Andrés le llame la atención mientras sus amigos ya bastante prendidos, toman cuanto licor les pasa enfrente sin importar las condiciones que puedan implicar, «Somos amigos de siempre ya nos conocemos» es la excusa perfecta para hablar de más e incluso avergonzar a los amigos con aquellos novios y novias que se encontraban en la fiesta pero que fueron ajenos a la época estudiantil

Mientras toma vino, su bebida favorita, Andrés mira sorprendido que María toma lo mismo y con palabras muy decentes y sin querer importunar pregunta…

– No sabia que te gustara el vino

María contesta como si no le importara: Si, me gusta antes no tomaba tanto pero ahora si me encanta

Fin del tema. Cada uno voltea la cara, (Es todo lo que se logra en esta relación y es un gran avance.) se dice Andrés.

La noche avanza y los borrachos comienzan su función,  las cosas están algo pesadas pero Andrés se divierte con las historias exageradas y burlonas de sus amigos, todo va bien. María por su parte está comenzando a sentir los golpes etílicos del dulce vino tinto mientras suena por coincidencia de la vida «Red red wine» de (Ub40).

Sin mas ni más María se voltea y con una sonrisa le dice a Andrés:

¡Se acabo!… mostrando la copa vacía

Andrés sin pretender iniciar una conversión le dice:
Quieres del mio? y hace el ademán de echar en la copa de María el vino que queda en su copa

María le responde: Nuuu, no quiero babas gracias

Andrés se ofende pero sabe que todos es cuestión de tragos, así que deja las cosa tranquila y se hace el que no es con él …de repente María le dice:

Acompañeme por más que me da mamera ir sola… ¡sirva para algo!

Andrés sonríe y se levanta en silencio, la acompaña

Una vez en la cocina buscando el vino, María pronuncia estas palabras que Andrés nunca olvidará:
«Mire, lo único que le voy a decir es que mañana no me llame, no me escriba y mucho menos me invite a salir pero esta noche haga lo que quiera conmigo».

Cualquier hombre carece de orgullo ante una mujer que le gusta. Y Andrés lo tenía claro. ¡Ese papayazo no se puede perder!

Entre besos y toqueteos Andrés y María llegan a rastras a una habitación detrás de la cocina, la de la empleada y en medio de la ropa lista para ser planchada María y Andrés sacuden sus almas hasta que tanto ajetreo los hace quedarse dormidos profundamente.

La mañana siguiente no comenzó precisamente con un beso, por el contrario la exclamación de María.
¡levantémonos! qué dirán los demás que pereza.

Andrés se levanta aún aletargado por el vino y conciente de lo que había hecho, estaba tranquilo y prefirió no pronunciar palabra solo hasta entender los que sus ojos estaban viendo.

Una casa completamente desordenada, nadie por ahí, carteras revolcadas como si se hubieran peleado, Maria no sale de su asombro y en medio de esta situación se oyen golpes en un cuarto, al entrar, seis de sus amigos estan atados y amordazados en la cama completamente indefensos en calzones, unos durmiendo la borrachera otra llorando y dos mas desesperados tratando de liberarse. Una escena muy loca para enfrentarla con resaca. 

¡Jueputa nos robaron!

¿Y ud donde andaba Güevón?

Dormido, dijo Andrés, yo me quedé dormido.

¿Y tu María?

Vomitando en el baño, me quede dormida pegada a la tasa, estaba muy ebria. 
Las respuestas de los dos no levantaron sospechas ya que la situación era protagonista principal, así que nadie indagó nada más. 

La cosa fue así. Los ladrones entraron con la excusa del domicilio y como todos estaban ebrio pues… ataron, robaron y se fueron. No hubo heridos ni nada que lamentar, algún dinero perdido un golpe en la cabeza al borracho más cansón, una noche de pasión inolvidable para Andrés y un guayabo moral enorme para María quien en medio de todo agradece a Dios que su desliz le haya evitado pasar ese susto. 

Obviamente María nunca le volvió a hablar a Andrés, ella fue clara en los términos, Andrés por su parte también siguió su camino, respetó los términos

Pero la historia no termina ahí. La verdadera historia es sobre un reloj, una joya familiar que Andrés, para lucir mejor se había puesto a escondidas de su familia y que era de gran valor porque le perteneció a su abuelo, veterano de guerra y viejito parrandero que dejó como recuerdo y legado al mundo 19 bendiciones con 5 mujeres diferentes pero un solo matrimonio estable.

La joya. (El reloj, no el abuelito) avaluada en 44 mil dólares se había considerado perdida y se había salvado de 3 juicios por alimentos y 7 embargos. Todos, amantes, esposa e hijos sabían de su existencia y valor. Pero nadie sabía dónde estaba. 
Andrés lo había encontrado esa noche en un cajón a la vista de todos y decidió ponérselo. Él también sabía de su existencia pero en ese momento y por la forma como lo encontró no creyó que ese fuera el reloj

 Y lo más increíble de todo, es que esa noche por andar de faena con la mujer menos pensada en un cuarto de la ropa, el reloj se salvaba de nuevo de perderse para siempre. 

Nunca supe yo, quién les escribe esta historia, qué pasó con el reloj. Lo cierto es que no me importa, pero sí les puedo contar que cuando llamé a María para pedirle autorización de contar esta historia, ella no sabía lo del reloj. 

Y su respuesta fue… «Que venda ese reloj y se compre otra cara, saludos» 
No tengo un cierre para esta historia, pero sí les diré que en la vida hay tanto oculto como a la vista. Y que muchas veces lo más oculto, está, simplemente… A la vista. 

Pero yo no soy nadie para darles consejos, yo estoy aquí para darles mi versión de los hechos. 

Feliz semana. 

Por: Pineda. 

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