Perdón por traer a Catalina temprano.

La cosa comenzó así.

En los 80 la vida se había convertido en un mundo completamente aterrador para nuestros padres y absolutamente grandioso para los que los vivimos la época.

Época en la cuál andábamos con  mechones de pelo de verdad miedosos, botas gigantescas desamarradas, camibusos OP o GOTCHA e ínfulas de Rockstars que nunca llegaríamos a ser. Fué una década llena de música, coca colas bailables y bazares de colegio que por lo general terminaban en peleas sin sentido, notas en el anecdotario y una que otra expulsión.

 Una década de momentos colegiales inolvidables y sobretodo de contacto directo con el sexo femenino el cuál era completamente distinto a lo que vemos hoy y que tanto nos sorprende por su alto nivel calor que seguro en los 80’s ni imáginabamos. 

Esto no quiere decir que no fuéramos calientes en esa época, claro que no, éramos volcanes a punto de estallar pero estábamos controlados por padres sesenteros que después de haber boleado piedra y ser hippies (Bueno eso dicen todos) por alguna razón aprendieron de los golpes de la vida y decidieron ponernos el «Tatequieto» para que no desbocaramos nuestras hormonas a borbotones y nos convirtieramos en la vergüenza de la familia.

Pero ¿Cómo lo hicieron? De la manera más inteligente. Cuidando a las niñas y liberándonos a nosotros en el paraíso de un conjunto residencial como reino de todo tipo de aventuras. 

Pero lo inevitable sucedió y las fiestas comenzaron a aparecer como grandes eventos cuidados celosamente por padres responsables y que terminaban a las 10pm y donde se puso de moda pedir permiso para que dejaran salir a las señoritas una horita más para bailar merengué dando vueltas por todo el lugar y dejar fluír las hormonas aquellas con todo nuestro poder…

Y fue en una fiesta de esas donde conocí a la hermosa Catalina Trujillo. Tan rubia, tan blanca, ojos verdes y 1.50 mts de plena timidez y silencio. Debo confesar que la amaba con locura porque siempre estaba sonriente, tenía la particularidad de ponerse roja por todo absolutamente.

Y eso me encantaba, quería estar con ella todo el tiempo pero solo podía saludarla por la ventana del tercer piso de su apartemento porque no la dejaban salir mucho y cuando lo hacía era con sus padres. Un viejo enorme y bigotón con cara de pocos amigos y su mamá, una señora rubia y sonriente igualita a  Catalina. 

Una mañana de vacaciones de Julio y mientras pateábamos un balón contra un muro vi a Catalina salir vestida de rosa con su Mamá en el carro; corrí hacia ella y le pregunté a dónde iba, a hacer mercado -dijo- miré a la Mamá y me dijo -Ahora venimos y la dejo salir a jugar con ustedes- En ese momento se me fueron las luces de la emoción; esperé toda la mañana y no recuerdo haber entrado ni a almorzar. pero la espera dio frutos y en algún momento vi el carro.

Aún recuerdo ese momento con emoción, corrí y ella bajo del carro sonriendo mientras yo hice por primera vez y sin que nadie me lo pidiera lo que nunca hice en mi casa …

Ayudé a subir paquetes. Después de ayudar en esa ardua tarea y lograr entrar en la casa de Catalina las cosas cambiaron, la Mamá la dejaba salir un rato y a veces en las tardes me dejaba entrar a oir música y conversar o ver álbumes de fotos. Yo ya era aceptado en esa casa.
Pero las cosas buenas se ponen mejores antes de terminarse.

Una tarde de jueves fuimos invitados a una fiesta en el conjunto residencial siguiente al nuestro y todos iban a ir, faltaba Catalina, era difícil lograr ese permiso ya que lo otorgaba el Papá y el viejo era un tipo rudo.

 Sin embargo me llené de valor y sin pensarlo dos veces toqué en el apartamento 302 a las 7pm y cuando su Papá abrió la puerta saludé de mano y él me hizo entrar.

Me dieron jugo, estaban comiendo, y sin más ni más el viejo bigotón me dijo:
-Bueno y que se le ofrece al jóven.

Casi muero de miedo porque aunque tenía claro qué iba a decir no sabía cómo decirlo, pero en un segundo expuse creo con claridad mi deseo por ir con Catalina a la fiesta, con quiénes iríamos y demás detalles que de alguna manera convencieron al padre y me dijo que fuera a recoger a su hija el viernes a las 6pm en punto.

Llegó el viernes y a las 6pm en punto yo estaba en la casa de Catalina. Su Papá abrió la puerta y estaba con otros amigos, estaban tomando y comiendo. Fue claro en advertirme que tenía que llevar a Catalina a las 11pm y que no había posibilidades de más permiso. Me dijo que sabía karate y me dio a entender que me ganaría una llave si no cumplía y no cuidaba a su hijita. 

Salí muerto de miedo pero con Catalina de la mano, estaba muy feliz de ir con ella pero mientras  caminábamos por el barrio el contador Catalina de repente se detuvo y sin decir nada me dio un beso grandioso y me dijo -No quiero ir a la fiesta, volvamos al conjunto.

Eran las 6:30pm y yo le hice caso; regresamos al conjunto y subimos al quinto piso de uno de los edificios. Allí no habia apartamentos, era como la salida a la terraza del mismo y nadie subía allá a nada.

Y allí, en esas escaleras la tímida y silenciosa Catalina se convirtió en fuego, besos y toqueteos intensísimos miradas de deseo y arrancones de camisa que me dejaron perplejo y que claramente me alborotaron sin control.

Nunca supe en qué momento se fue el tiempo. Aún hoy siento que fue muy corto. Lo cierto es que cuando reaccionamos de la calentura la eran las 2am y el daño estaba hecho.

No dejaba de pensar en el papá karateca y en el problema que me esperaba estando solo tres pisos arriba de su casa.

Cuando llegamos su Mamá abrió. Estaba furiosa y por suerte el Papá estaba dormido. Lo único que salió de mi boca fue: Perdón por traer a Catalina tarde. La señora me mandó para mi casa y entró a Catalina de un jalón. Nunca me despedí de ella.

De allí en adelante Catalina no volvió a salir, solo me miraba por la ventana y me sonreía. Por esos días mi Papá fue transferido a otra ciudad y tuvimos que marcharnos del conjunto. Núnca la volví a ver.

Pero núnca olvidaré esa noche ni a Catalina Trujillo 

Feliz semana 
DIego Mauricio Pineda R 

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