¡Qué nervios!

Nervios. Así le llamamos a la sensación más horrible de la vida, los nervios pueden darse por felicidad, por tristeza, terror o culpa.


Lo cierto es que una vez que los nervios nos invaden pareciera que todo el universo confabula para que todo nos vaya de mal en peor, haciendo que las cosas vayan cayendo a pique y por ende nos pongamos más nerviosos hasta el borde de un colapso. 


Hay que dominar los nervios, escucha uno decir a los grandes gurús, pero es que dominarlos es una verdadera batalla campal interna difícil de ganar, ya que una vez los nervios entraron en escena las cosas están a un hilo de salirse de control. 


Fui algún día a una conferencia sobre hablar en público, ya que ese es un tema que me pone muy nervioso, y aunque no soy tímido, este ítem de pararme frente al público me aterra. 
En fin, la conferencia arrancó y nuestro maestro salió al escenario elegante y peinadito, dio dos aplausos fuertes como para activarse, y entró con toda, era una fuente infinita de confianza ese hombre, audaz, fuerte, seguro a cada paso. 


Hasta que tropezó, y esto es en serio, con un pedazo de alfombra levantado cayendo literalmente en cámara lenta, y en su afán de incorporarse aferró su dignidad y su humanidad al atril donde estaban sus papeles y un vaso con agua tumbando todo en un sortilegio en cámara lenta de un simpático digno de Chaplin o Chespirito y poniendo la cereza en el pastel con un grito gutural desesperado pero muy muy chistoso que implosionó en las risas descontroladas de los espectadores mientras el conferencista caía como un fardo.

 
Duramos mucho riendo mientras dos asistentes, muy nerviosos también, trataban de devolverle la compostura al señor que hacía grandes esfuerzos para retomar el control, bueno, pues a eso había venido, por eso los asistentes habíamos pagado, para aprender a hablar en público.


Al fin se incorporó y con su elegancia ahora bañada en agua con el peinadito acomodado a la de Dios; el público empático regala el aplauso dejando todo atrás… Había otra oportunidad. 
El conferencista arrancó su charla con un chiste al respecto, nadie rio.

Estuve allí, en el escenario por mucho cinco minutos y algo había pasado, ya no estaba esa seguridad y el vínculo entre él y nosotros se había perdido. Ya no le creíamos y él lo sabía. 


Estaba tan nervioso de ver que sus palabras no tenían el poder de su conocimiento que se enredaba sin control, estaba invadido por los nervios y en ese espacio era una batalla perdida. Se detuvo, ofreció disculpas y se retiró en silencio… No recuerdo si hubo aplausos, pero estoy seguro que escuché risas. 


No es sencillo el tema y los nervios están ahí agazapados esperando para sacudir nuestra comodidad y como nos agarran de imprevisto no somos conscientes de ello hasta que estamos jodidos. 

Un gran amigo mío se encontraba en su casa solo, relajado y trabajando en calzoncillos mientras veía fútbol y se llenaba el estómago de frituras, un plan normal y libre de cualquier culpa. 


De repente y sin dejarlo reaccionar tocan a la puerta y para él todo se vuelve un caos, es su novia, y por alguna razón inexplicable hasta hoy, los nervios invaden todo, está en calzoncillos y era su novia la que llegaba, ¿Por qué no abrir así?


Sin embargo él, se levantó de un salto a buscar un pantalón de pijama mientras gritaba, «espera» y trataba de organizar un desorden que no tenía por qué organizar, más sabiendo que ella había llegado de sorpresa y él no estaba haciendo nada malo. 

Pero mi amigo shockeado hasta el prepucio se había convertido en un manojo de nervios al momento de abrir la puerta, y lo peor era que no podía dominarse, era un camino en bajada y sin frenos. 


Obviamente cuando ella entró a la casa, ya tenía todas las alertas femeninas activadas como radares ultrasónicos, incluyendo videos y suspicacias dignas de una película de Guy Ritchie. 


Y él sabía esto, pero no podía controlarse, dominarse. Entonces, para brindar un voto de confianza en medio de esa situación tan difícil lanzó una frase que salida de su inocencia y siendo verdadera causó el efecto contrario armando un complejo complot entre su verdad y sus nervios…


Dijo: «Mi amor, aquí no está pasando nada yo estoy juicioso» ¡Ojo! Esa frase JAMÁS, NUNCA, NI ESTANDO SIN NERVIOS se le dice a una mujer, porque para ella significa TODO LO CONTRARIO. La cara de la novia lo decía todo, pero no reaccionaba, solo miraba sospechosamente y aunque por dentro hubiese querido revisar todo, no lo hizo. De hecho mi amigo le pidió que lo hiciera pero no pasó. 

Y aunque él tenía la conciencia tranquila, no entendía porque ese ataque de nervios y su reacción. 


Al final ella se fue supuestamente tranquila, pero sí hubo una conversación al respecto que claramente puso en tela de juicio la inocencia de mi amigo que aunque no tenía nada que explicar, dejó sospechas que tristemente no se apagan tan fácilmente en la mente de una mujer. 


Los nervios están ahí y nos pueden invadir sin aviso, no soy yo quien le va a decir qué hacer al respecto, yo solo vine a contarle mi versión de los hechos. 

Feliz lectura. 

Por: Pineda. 

Comparte si te gustó